Yo soy Panchito, el títere de Jetrón...
Hoy quiero contarles una nueva historia de La Virgencita María. Una niñita que está creciendo y no deja de asombrar a sus papitos Joaquín y Ana.
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María ha crecido. Ya no es la pequeña que trataba de ayudar a su
madre en las tareas de la casa. Ya tiene doce años de vida y su apariencia
física ha cambiado. La carita redonda y sonrosada que era marco de alegría se
ha ido afinando y hoy expresa tranquilidad y paz. Sus ojos, claros y serenos,
no solo captan lo visual sino que entregan dedicación y ternura a quien los
mira. Es alta y espigada; pero esa apariencia delicada que para esa época pudiera
confundirse con debilidad, esconde una vitalidad y una energía inexplicable. María, la niña María, es una niña hermosa que trata de ocultar esa belleza
material detrás de su humildad.
Una mañana temprano María volvía de la fuente. Cargaba sobre su
cabeza, en admirable equilibrio, el cántaro de agua. No era liviana la carga
que la niña llevaba, pero parecía hacerlo sin esfuerzo. Caminaba sin prisa, y
mientras avanzada pensaba, recordaba trozos de su vida, sus sueños que eran, a
veces, tan extraños y diferentes a los que sus amigas solían compartir. Recordaba
también las historias que su padre le narraba desde que era tan pequeña;
y que ahora podía escuchar en el oficio sabático de la Sinagoga.
Caminaba frente a la casa de su amiga Juana.
-¡María... María! ... Hola María ¿Vienes de la fuente?
María sonrió con ternura; la respuesta era evidente ya que el cántaro sobre
su cabeza hablaba por si mismo. Pero, le respondió con cariño:
- Si, Juana, vengo de la fuente-
- Es que nadie va a la fuente tan temprano como tú. ¿Cómo lo haces
para cargar el cántaro sobre la cabeza?
- Amiga, la mañana es fresca y el agua es más limpia y
más fría. Y... es el Señor quien me ayuda.
.
María ya estaba llegando a su casa. Ana, su madre, salió a su encuentro.
- Hijita, no era necesario que hoy fueras a la fuente; aún queda
bastante agua en las tinajas.
María descargó el jarro sobre la mesa y sacando agua en un vaso de greda,
de su interior, respondió a su madre:
- Madre, es agua nueva, agua fresca, agua viva. Es agua que Dios
nos regala cada día. Con ella un día se lavarán nuestras faltas; pero hoy
saciará nuestra sed.
Ana no pudo comprender del todo lo dicho por María. No era extraño aquello
María muchas veces decía cosas hermosas pero que escapaban a su entendimiento.
Ana tomó el vaso y se sirvió su contenido. Estaba fría... muy fría. Sintió que
crecía una energía nueva que iba renovando su cuerpo ya gastado por los años.
Suspiró profundamente e, interiormente, dió gracias a Dios.
María sonreía
- Si madre... Es un regalo de Dios.

Tropiezo de nuevo contigo querido papa de Panchito. Me lleno de alegría encontrar un enlace hacia tus palabras, tus cuentos, tus hermosas historias. Ha pasado mucho, mucho tiempo. Solo os dejo un gran abrazo y todo mi cariño. Dios con ustedes siempre. Malusa
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